Palacio de los Méndez de Sotomayor

 

El palacio de los Méndez de Sotomayor constituye un ejemplo singular dentro de la arquitectura renacentista cordobesa. El esquema adintelado de su portada y su decoración plateresca contrastan con una cierta rémora goticista, que, sin duda, llama a la atención en un edificio que se fecha en 1551, cuando en otros de la época, e incluso anteriores como el Palacio de los Paéz de Castillejo o la casa de los Luna, se superan plenamente los conceptos estéticos tardomedievales. Esta singularidad ya fue advertida por Rafael Ramírez de Arellano, para quien “la fachada ofrece el curioso carácter de fusión entre el ojival que moría y el plateresco que ya campaba por completo en la época citada” (Ramírez de Arellano, 1983, p.216).

El edificio perteneció a Rodrigo Méndez de Sotomayor, veinticuatro de la ciudad, y posteriormente al Marqués de la Fuensanta del Valle, convirtiéndose más tarde en Escuela Maternal Modelo de doña Luciana Centeno. En 1945 fue adquirido por don Francisco Blanco Nájera, que diez años más tarde instaló en este lugar el Conservatorio de Música del que él era director. En los setenta fue reformado para adaptarlo al nuevo uso, destruyéndose su distribución interior a base de patios y respetándose solo la fachada del Palacio de los Méndez de Sotomayor

Dicha fachada consta de dos cuerpos. El cuerpo inferior está formado por un vano adintelado con un ostentoso marco de galleta, recurso estético que aparece en otros edificios de la provincia de Córdoba, como en la portada del Convento Madre de Dios de Baena o en los primeros pilares del crucero catedralicio, y cuyo empleo podría relacionarse con Hernán Ruiz I. Sobre el dintel se dispone un ancho friso en cuyos extremos figuran las armas de los Méndez de Sotomayor, inscritas en el interior de sendas coronas laureadas sostenidas por cuatro cabezas de querubín. El cuerpo superior está formado por una ventana adintelada, con columnas abalaustradas a cada lado recorridas por decoración de candelieri, friso con amorcillos y frontón semicircular rebajado a modo de venera, en cuyo interior figura el busto de un guerrero, en alusión a algún héroe de la Antigüedad, acaso Hércules, según es frecuente en la decoración figurativa de los palacetes cordobeses. Sobre dicho frontón, recostadas, se reconocen las figuras de Eros y Tánatos.

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