ABD AL-RAHMAN II: UNA LUZ PROPIA

A veces ocurre un milagro entre las relaciones del Estado y sus dignatarios. El uno se convierte en el reflejo del otro. Lo que hasta ese momento se gestaba como un ente político y administrativo independiente, es a partir de Abd Al-Rahman II un modelo a seguir. Es en este momento que debemos hablar de personajes que contribuyeron a engrandecer el esplendor omeya, no sólo en la política o en el ejército añadiendo territorio, sino en la cultura y en la ciencia. Sabemos que un Estado es sólido cuando destaca en dichas disciplinas, cuando las batallas defienden lo que surge del saber de su territorio.

Desde Bagdad llegó un músico a la corte. En realidad llegó en los últimos años de mandato de su padre, Al Hakam I. Ziryab era predilecto del califa Harun al-Rashid, aquel que se hiciera famoso gracias a las mil y una noche. Ziryab, era sobre todo músico, y tan notable, que tuvo que huir por superar con creces a su maestro. Los celos le daban un billete de solo ida. Sus pasos y su destino les llevaron hasta Córdoba. Tenía aproximadamente la misma edad que el emir, y compartían la misma devoción por los libros, la música y el amor. De exquisitos modales y refinado gusto, se convirtió en modelo de elegancia, instaurando un estricto protocolo en la sociedad andalusí.

Ziryad no trajo sólo las melodías que componía en sus sueños, también trajo el ajedrez, y las más selectas recetas de la cocina de Bagdad. Enseñó a la corte que los vasos de cristal eran más apropiados para el vino que las pesadas copas de oro. El orden que debía seguirse al servir los platos: sopas, pescados y carnes, para concluir con los postres y las copas de licor. Abrió un instituto de belleza. Acordó que de mayo a septiembre la vestimenta debía ser de blanco, mientras en los meses de invierno convenían los tejidos oscuros y las pieles. Aconsejaba que los niños no jugaran con fuego para evitar que se orinaran en la cama. Tampoco pensaba que fuera conveniente que se rompiera un espejo, pero sí evitar el número trece…

Abd Al-Rahman II se rodeó de poetas, músicos, filósofos, astrólogos. Se conocieron en Al-Andalus los gusanos de seda y el papel. Un inventor destacó en la corte, Abbas Ibn Firnas. Dotado de una gran fortaleza física, por lo que le llamaron el hijo del león, descubrió la fórmula para la fabricación del cristal. Era prestidigitador, geómetra y fue un precursor de la aviación. Se lanzó desde un risco de la Serranía de Córdoba vestido con un traje aerodinámico, aleteó durante unos segundos y de milagro no se rompió el cuello. Leonardo Da Vinci, siglos más tarde estudiaría sus dibujos.

La poesía era el bálsamo del alma y las palabras de Yahya el-Gazal, apodado así por su belleza, destacaron entre los grandes.

El reino de Abd Al-Rahman II puede considerarse glorioso. Durante treinta años Al-Andalus prosperó y se instaló una relativa tranquilidad. Fue un gran constructor. Levantó las murallas de Sevilla, la ciudad de Mérida y modificó el Alcázar cordobés. Su aportación en la Mezquita aljama de Córdoba se convertirá en la primera ampliación del edificio.

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Texto: Mar Carmona. Amedina Córdoba                 

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