DOS EMIRES: MUHAMMAD Y AL MUNDIR

MUHAMMAD

En septiembre de 852, subía el emir Muhammad al trono. Su padre Abd Al-Rahman II moría repentinamente, no sabemos si como consecuencia de las intrigas palaciegas. Tenía por delante un gobierno largo. Inteligente, franco y con pocos escrúpulos. Consiguió mantener buenas relaciones con los musulmanes del Norte de África, y con Carlos el calvo a través de treguas. Mejoró el ejército y la marina, y supo mantener la riqueza.

Desgraciadamente desde el año 865 al 868 una terrible sequía conllevó a una terrible hambruna. El emir Muhammad tuvo que bajar los impuestos de las cosechas debido a la pésima situación. En los asuntos internos de su gobierno, tuvo que lidiar con los alfaquíes más intransigentes, que no veían con buenos ojos el trasiego de mozárabes ocupando cargos importantes en el gobierno, hubo que forzar la conversión al islam de algunos de ellos para que pudieran continuar con su labor en la cancillería.

Las preocupaciones vinieron de las Marcas. Toledo siempre convulsa. Los mozárabes alentados por el fanatismo de Eulogio, ponían a prueba la paciencia del emirato. Los rehenes que el gobierno tenía para presionar y exigir una buena conducta, fueron la excusa para negociar con la vida del gobernador en Toledo. Las tensiones dieron pie a solicitar la ayuda del monarca cristiano Ordoño I. El rey asturiano, muy interesado en las rencillas en el interior del emirato, mandó un ejército. Las tropas toledano-asturianas sufrieron una gran derrota en el Guazalete, un afluente del río Tajo.

En Mérida llegaría una sublevación a través de una familia muladí que pretendía desligarse del poder omeya. En esta ocasión piden ayuda a Alfonso III, sucesor de Ordoño I. Aquí la victoria debería esperar la llegada del  siguiente emir para sofocar la rebeldía. En la otra ciudad del las marcas, Zaragoza, los Banu Qasi, gobernaban de una manera casi independiente, pero esperaban la llegada de un líder a la altura de generar un gran problema. Y a modo de mesías, llegó  Umar Ben Hafsum.

Este hombre poseía una vida digna de novela. Descendía de un conde visigodo, y era de fuerte temperamento. Por esta razón mató a un hombre en una disputa, y por ello  su padre le ayudó a escapar al monte. Allí, como un bandolero haciéndose famoso, tras huidas y regresos, se hace fuerte con una cuadrilla de prófugos que se instalan en Bobastro. Muchos quebraderos de cabeza daría al emirato, y tendría que llegar el primer califa para terminar con la fama y el peligro que representaba.

Durante su mandato, la corte de Córdoba no perdería la etiqueta, aunque el esplendor quedaría relegado por las vicisitudes. Para reforzar el control de las siempre levantiscas marcas, este emir manda construir una atalaya, para vigilar el paso de Guadarrama. Era un enclave militar formado por una almudaina y una medina. Lo llamó Mayrit. Quien diría que este discreto enclave terminaría siendo la capital de un reino llamado España.

Una simple puerta, pero de relevancia mayúscula, constituye el mayor legado de este emir para el mundo de las artes, pues fue durante su mandato que se restaura y decora la puerta de los visires, prototipo al que miran todas las fachadas del templo.

AL-MUNDHIR

Veintitrés meses de vida le quedaban a este emir cuando accedió al trono el 9 de agosto de 886. Era valeroso y emprendedor, aunque el escaso periodo en el trono (1 año, 11 meses, y 12 días) impidió que dejara un legado importante.  Fue el sexto emir de Córdoba, sucediendo a su padre Muhammad, y precediendo a su hermano Abd Allah. Murió a los pies de Babastro, en el asedio de la fortaleza del rebelde Omar Ben Hafsún, al que combatió durante casi todo su emirato.

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Texto: Mar Carmona. Amedina Córdoba

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