Muhammad II. Codicia de Califas, furia de Bereberes

La subida al trono por parte de Muhammad al-Madhí (Muhammad II), aportó una felicidad que no duraría mucho tiempo. Sus filas fueron ampliadas por gentes de la plebe, indeseables e incapaces que ocasionaban altercados por su comportamiento duro y abusivo. El nuevo califa no cuidaba las relaciones con los soldados bereberes y con los eslavos amiríes, que se habían posicionado de su parte. Tampoco se daba cuenta que sin su apoyo, su trono se hundiría.

Estos desfavorecidos fueron humillados, sufriendo un destierro hacia tierras más al este. Y allí empezaron a conspirar. Enajenado por la soberbia del poder, organizaba fiestas aún más faustuosas que aquellas de los tiempos de más esplendor.

Al mismo tiempo el pobre Hisham II, era un cautivo incómodo. Aunque sólo podía desplazarse por sus aposentos privados, su mera presencia le parecía peligrosa. Tampoco se atrevía a matarlo, y fue llevado a una casa en un arrabal, acompañado de una sola sirvienta, bajo una estrecha vigilancia. Se trata de un muerto en vida.

Es en este momento que ese concepto se materializa. Estar muerto y vivo a la misma vez. Muhammad, es capaz de llevar a cabo uno de los planes más macabros de la historia de Al-Ándalus. Existía un cadáver de un pobre cristiano, poco conocido, sin parientes, ni amigos. Su parecido con el desdichado califa, era asombroso. El califa Muhammad II  lo hizo amortajar con vestiduras reales, y lo enterró en el panteón real del alcázar. Se guardó luto por él, se le lloró y se le rezó en la Mezquita mayor de Córdoba. Mientras, el verdadero Hisham II quizá sintió alivio por su supuesta muerte. Siempre inmóvil, en la sombra, manejado por unos y por otros, nunca que se sepa tomó una decisión en toda su vida, y contaba ya con casi cuarenta años. Su falsa muerte duraría sólo unos meses.

Los bereberes decidieron vengarse de todo y de nada, conquistando Córdoba con la ayuda del Conde de Castilla. La ambición unifica rápidamente los credos. Su intención era colocar en el trono a otro Omeya que les fuera totalmente adicto. Sulayman, bisnieto de Abd al-Rahman III. En un último intento Muhammad II le pidió un perdón que ellos denegaron con desprecio. Ante la desesperación se suele actuar con locura y tomar decisiones absurdas. Fue así como Muhammad II decide resucitar a Hisham II y exponerlo en el balcón de palacio. Cuando los bereberes y sus aliados se acercaron a Córdoba, les hicieron frente una muchedumbre caótica y mal armada. Formaban sus filas: artesanos, comerciantes, teólogos, campesinos, gentes sin disciplina militar. Cuentan las crónicas que diez mil hombres murieron.

Los historiadores acusan a Muhammad al-Mahdi, de ser el responsable de provocar la ruina de Al-Ándalus, de romper la unidad y de originar la devastadora guerra civil. Quizá para la historia quede ese nombre, pero podía haber sido cualquier otro que representara el rostro de la codicia.

Continua con…  La abolición del Califato Omeya

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Texto: Mar Carmona Balboa      

 

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