La biblioteca de Al-Hakam II

Al-Hakam II amaba los libros, era un apasionado del conocimiento. Protegió la literatura y el saber, como protegió a Al-Ándalus. En el Cairo, en Damasco o en Bagdad, su ejército de eruditos buscaban manuscritos en los mercados de libros. Pujaban como en el mercado de esclavos, para conseguir las más hermosas caligrafías o los mejores encuadernados, que engrandecieran la biblioteca de Al-Hakam II.

De hecho, Córdoba se convirtió en la ciudad de los libros. En consecuencia, en la capital del califato se aunaban las obras de los griegos, los tratados de astrología o de medicina, las obras de Aristóteles, manuales de gramática, de teología, y enciclopedias de todas las materias posibles. Aumentó tanto la biblioteca de su padre, que algunos autores cifran en seiscientos mil volúmenes. Sería la mayor de su tiempo y en ella se encontraría todo el saber que pudiera reunirse en un determinado espacio.

En sus repisas quedarían agrupadas las obras de los grandes pensadores. Hipócrates, Galeno, Ptolomeo, Euclides, Arquímides, Aristarco o Apolonio. Se tradujeron al árabe, que luego mozárabes especializados traducían al latín. De ahí nació la famosa Escuela de Traductores de Toledo, que luego protegería el rey cristiano Alfonso X el Sabio. No entraba en estas escuelas un dios concreto, por eso, musulmanes, judíos o cristianos hacían un trabajo conjunto. Pasarían de aquí a toda Europa, y se convertirían en la base cultural del Renacimiento. Lo científico y lo poético se unen en el conocimiento.

La administración de la biblioteca de Al-Hakam II no era menos complicada que la de un reino. Dice Ibn Hazm, que el catálogo de aquella biblioteca, estaba compuesta por cuarenta y cuatro cuadernos de cincuenta folios cada una. Tan llenos llegaron a estar los espacios, que hubo que mudarla, y cuentan que esa mudanza, duró seis meses.

En este aspecto de la vida cultural del califato, jugaron un papel destacadísimo, las mujeres. Las musulmanas no estaban separadas de la enseñanza en general, pero con Al-Hakam II en particular, fueron especialmente apreciadas. Floreció el talento de muchas autoras. Radiya fue una poetisa e historiadora, en su visita a Oriente causó gran admiración entre la cúpula más erudita. Labana destacó en gramática, poesía y aritmética y será la secretaria privada del califa. Maryam, una profesora muy prestigiosa de literatura, impartía clase a las hijas de las familias más influyentes. Esas jóvenes luego, eran admiradas por su conversación intelectual y sus composiciones poéticas. En aquella sociedad, era signo de distinción y nivel  de educación, el recitar poesía. El alma árabe, siempre sensible con la armonía en la palabra.

En la biblioteca de Al-Hakam II, trabajó Fátima. Una erudita de gran virtud y a la vez virtuosa. Vivía ajena a todo placer que no fuera el que le otorgaban los libros y el saber. Su pulso fue infalible y firme hasta el final de sus días, que llegó a una extrema vejez. De extraordinaria caligrafía, causaba gran admiración los códices que su mano escribía. Cada libro es un milagro. Los calígrafos y los copistas desafían al tiempo inexorable, produciendo obras eternas.

Que heroísmo el de aquellos hombres y mujeres, que sobre un pergamino o papel, repiten palabra por palabra, traducen y copian, lo que merece sobrevivir sólo porque ha sido escrito.

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