LA ABOLICIÓN Y FIN DEL CALIFATO OMEYA

Córdoba resistió lo que pudo, esperando un milagro, evidentemente no se produjo. Los historiadores musulmanes no saben a ciencia cierta que fue de Hisham II. Unos piensan que Sulayman ordenó su muerte, otros que acabó sus días en el anonimato, quizá en Oriente. Durante algún tiempo, su nombre se siguió pronunciando en las Mezquitas de Al-Andalus. Fue el juguete de todos los que jugaron a ser reyes. Fue quien los demás quisieron que fuera, sin llegar jamás a ser él mismo. Así acaba la historia del tercer califa de Al-andalus. El final de su pista le dotaría de unos cincuenta años.

Cuanto esfuerzo dedicaron sus antepasados. Aquel Abd al-Rahman I, el inmigrado, que sobrevivió para que sobreviviera su linaje. Aquel Abd al-Rahman III, que se proclamó califa, porque su Estado fue proclamado el más fuerte. Aquel Al-Hakam II, el más sabio, que cuidó de sus súbditos, como una madre cuida a sus hijos y le otorga la mejor educación. En que pantomima se había convertido la corte!, que ficción de califato!. Seis miembros de la familia Omeya, y otros dos miembros de una familia semi-bereber, se sucedieron en el poder. La elección de estos mediocres dignatarios, eran el pueblo, los bereberes y los eslavos.

La burguesía cordobesa adoptó una actitud pasiva, algunos incluso se autodesterraron. Los disturbios constantes y  la inseguridad de la ciudad hicieron que poco a poco, se fuera abandonando por parte de los visionarios. Aún así, también existían familias, que seguían buscando una solución. Habían apostado por la familia Omeya y seguían creyendo que se podría retomar el control. La elección de un nuevo candidato no era fácil, no existían personajes fuertes que hicieran frente a los bereberes. Cuando se presentaban candidatos, se propiciaba un levantamiento. El califato omeya ya no respondía a ninguna realidad, ni en el terreno político ni en el espiritual. Se pensaba sustituir por un consejo de notables, que al menos administrara la ciudad.

Fueron muchos los factores que incidieron en el desmembramiento y fin del califato Omeya. A partir de 1031, perdido el control de la situación por el gobierno central. Los jefes locales se ven obligados a hacerse cargo del poder. Las marcas inferior, media y superior, se mantuvieron como unidades políticas. En el resto de Al-Ándalus, la situación no estaba tan definida, por ello se crearon unidades políticas independientes. Nacían así los Reinos de Taifas, que vivieron intrigas y generaron luchas para alcanzar cierta hegemonía. La palabra taifa, designaba fracción. Estas fracciones estaban representadas por los tres grandes grupos étnicos: bereberes, eslavos y andalusíes. Estos últimos hacían referencia a musulmanes, bien árabes o muladíes. En cada región una de estas taifas solía ser la dominante.

La desintegración de Al-Andalus ofreció a los cristianos del norte, la gran oportunidad que estaban esperando. Pasaron de ser lo vasallos a ser los que ponían condiciones. Casi todas las marcas tuvieron que tributar a algún reino cristiano. Córdoba entró a formar parte del reino de Sevilla, donde gobernaba el gran Mutamid, el rey poeta. Sorprende que en un momento como este, las artes y las ciencias, no sólo no tuvieran un retroceso, sino que incrementaran su actividad. Cada una de estas taifas intentaba imitar un pequeño califato, como el que un día existió. Aunque nada es más irreal que el pasado. Doscientos setenta y cinco años dan para muchas vidas. Córdoba las vivió todas.

Continua..

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Texto: Mar Carmona Balboa      

 

 

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