CASA DE LOS MARQUESES DEL CARPIO

Subiendo por la calle San Fernando, poco antes de alcanzar el arco del Portillo, nos llama la atención la fachada de la casa de los marqueses del Carpio. Su aspecto de fortaleza contrasta con un elegante jardincillo en su entrada. Las plantas trepadoras pretenden subir por el muro y  la torre almenada,  casi superando en altura a los naranjos. Una palmera y un ciprés tan altos como la torre, buganvillas, acantos, trompeteros de flor blanca (brugmansia arbórea),  jazmines  y setos, le dan color a esta entrada, sólo presente desde la remodelación que en 1933 hizo el arquitecto Casto Fernández Shaw. Esta zona ajardinada en su parte frontal da ligereza, color, y hace contraste con el aspecto de fortaleza de la gran torre almenada y la maciza casa solariega del Siglo XV, residencia de los Méndez de Sotomayor. Un patio de estética neo-árabe se enmarca entre la torre y la casa solariega extendiendo la frescura de la vegetación de la entrada.

Muy próxima al citado arco del Portillo, la casa de los Marqueses de Carpio se encuentra entre la calle de la Feria y la calle Cabezas, formando parte de las Murallas que antiguamente separaban la Medina y la Axerquía, y que mucho antes fue el lienzo oriental de la ciudad romana. El origen de la fortaleza se remonta a la época de Fernando III, quién la concede la casa a la familia Méndez Sotomayor, y el título de Señores del Carpio. Desde el momento de la reconquista (1236) deberán velar y defender la muralla. La casa surge en un principio como una transformación de una de las torres de la defensa de la ciudad. Los Señores del Carpio serán nombrados marqueses en el Siglo XVI, y en el Siglo XVII (1688), por el matrimonio de Catalina de Haro y Enríquez con Francisco Álvarez de Toledo, el marquesado queda adscrito a la casa de Alba, que actualmente son los propietarios.

El aspecto actual es resultado de los trabajos llevados a cabo en 1933, que remarcan  sus características originales, y abren la puerta hacia la calle San Fernando, así como  la anexión de los terrenos colindantes. Hoy la casa fortaleza cuenta con más de 3000 metros cuadrados, en una zona estratégica de la ciudad, donde investigaciones llevadas a cabo han encontrado muestras de los distintos momentos de la ciudad. Se han hayado monedas, esculturas íberas de pequeño porte, y lo más destacada, el pavimento de una domus romana que aún se conserva en el interior del palacio.

El palacio crece a partir de la torre defensiva de la muralla, al cual se le añade la casa solariega en el Siglo XV. En ella se concentra la mayor parte de la riqueza arquitectónica y cuya entrada principal en la calle Cabezas, será la entrada principal hasta la intervención del Siglo XX, que abre el palacio a la calle San Fernando. La torre palacio que conforma la residencia, queda constituida por cuatro plantas. En la primera planta un portón de madera  hace las veces de entrada principal, que vemos adintelada con despiece de dovelas. Por encima, en la segunda planta un balcón con jambas en piedra de molduras góticas, a cuyos lados dos ventanas menores lo custodian. Dichos vanos aún conservan sus esteras de esparto, casi siempre cerradas, dan oscuridad y frescor al interior. Más arriba, en el tercer nivel otro balcón con motivos góticos dan un punto romántico a la fachada. En el nivel superior una hilera de ocho ventanas nos indica donde se encontraba la residencia de los marqueses, hasta que éstos trasladan su residencia a Madrid. El edificio ha pasado posteriormente por varios usos, desde casa de vecinos hasta cuartel de la guardia civil en la post guerra, pasando por otras actividades culturales mientras la casa de Alba cedió el usufructo del inmueble en los años 80 del siglo XX. Hoy su uso es de residencia privada.

La entrada principal, desde el siglo XV estuvo en la parte posterior, en  la Calle Cabezas. Pero la familia Herruzo Sotomayor, propietarios del palacio, encargan la intervención que le consigue una entrada por una de las calles más relevantes de la ciudad. La calle de la Feria (o San Fernando), bien hace referencia al gran trasiego de esta calle que fue de las más anchas de Córdoba, y con más movimiento, pues en ella se disponían los accesos entre ambas partes de la ciudad. En ella todo tipo de celebraciones se han llevado a cabo. Desde corridas de toros a fiestas de cañas, pasando por ser recorrido de algunos pasos de Semana Santa. Podemos recordar aquella procesión de la Hermandad de la Caridad , que en 1473 a su paso por aquí, comenzó el altercado que acabó en uno de los momentos más oscuros de la historia de Córdoba. La matanza de judíos, que según la leyenda, dejó un “rastro” de sangre tal, que llegó hasta el rio, dando nombre a la cruz del Rastro  que encontramos donde la calle alcanza la Ribera.

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