Capilla de Villaviciosa

La antigua Capilla de Villaviciosa conforma hoy el espacio más diáfano de toda la Mezquita. Ocupa las cinco naves más occidentales, de los tres primeros tramos en la ampliación de Al-hakam II (961-965).

Cuando el segundo califa de Córdoba proyecta ampliar en doce tramos la Mezquita Aljama, se hace necesario crear un lucernario. En ese momento la luz natural que iluminaba el templo entraba por los arcos del ya distante muro Norte. De esta manera, el primer tramo de la nave axial, queda cubierto por una novedosa cúpula de nervios califal en la que se abren dieciséis pequeños arcos lobulados que permiten la entrada de luz. Además de conceder la necesaria iluminación, contribuye con un juego lumínico en consonancia con la macsura. Otros tres espléndidos lucernarios se abren ahí, con espléndidas bóvedas, que marcan el lugar más sagrado de la Mezquita, el Mihrab.

Curiosamente, la luz concedida por Al-hakam II será posteriormente aprovechada por los cristianos para alumbrar la primera Capilla Mayor de la Catedral. Tras la toma de la ciudad de Córdoba, se celebra en este mismo lugar la dedicación cristiana del templo. Celebrada el 29 de Junio de 1236, supone un nuevo uso para el templo, e implica la modificación de la concepción arquitectónica del edificio.

Atendiendo al rito religioso que en ella se va a llevar a cabo, la original Mezquita presenta una orientación al Sur, marcada por el Mihrab y el muro de la quibla. Sin embargo, los cristianos en su rezo buscan una orientación Este, hacia su ciudad santa de Jerusalén. Por ello, desde la primera celebración cristiana, “la dedicación”, y la liturgia a la que asiste Fernando III al día siguiente, se busca dicha orientación Este. Así pues, bajo el lucernario de Al-hakam II, se ubica un primer altar y comienza el primer periodo cristiano de este enclave. Desde 1236 hasta 1607, momento en que se concluye el crucero catedralicio, esta será la capilla mayor de la Catedral.

Con todo esto, las circunstancias instan a colocar el necesario coro de la actividad litúrgica, en el espacio comprendido entre este punto y el muro occidental de la antigua Mezquita. De esta forma se consigue aprovechar la estructura existente, con una nueva perspectiva, pero con un gasto mínimo. Apenas se hubo de tapiar el costado oriental, cegando sus arcos, para decorar con frescos todo ese frontal. Aún se conserva un gran rostro de Jesús, conservado en el Museo de Bellas Artes, recuperado en 1879.

A pesar de funcionar ya en aquel entonces como Capilla Mayor de la Catedral cordobesa, la primera gran modificación del lugar tiene lugar en 1489. La frecuente presencia de la corte en la capital, especialmente la de Isabel la Católica, pudo incentivar al obispo Iñigo Manrique, a tal intervención. La reina autoriza las obras planteadas por el obispo, que durante una década modifican el lugar. Por su papel en tal obra, parece lógico que la sepultura del prelado se ubique en esta capilla.

De esta manera se aliviaría de columnas y arcos del espacio ocupado por el coro, permitiendo una mayor comodidad en el espacio y una mayor claridad visual para los actos litúrgicos. Así mismo se eliminan en este momento los arcos entrecruzados del muro occidental del lucernario que se sustituye por el gran arco toral gótico. En paralelo se construyen los cuatro arcos apuntados sobre los que se sustenta la estructura a dos vertientes del artesonado de paños curvos, y se abre el gran rosetón a los pies de la capilla. En 1493 ya estaban colocados los grandes órganos de Vincencio de Venecia que posteriormente (1607) se trasladaran al nuevo coro.

Seguidamente, desde 1607 hasta 1879, ubicamos aquí la capilla de Villaviciosa. La imagen que aquí era venerada, y traída en procesión frecuentemente desde la ermita de dicha localidad cordobesa, le concede tal título. Tal devoción hace que la pequeña escultura acabe por mantenerse permanentemente en la antigua capilla mayor, desde 1698. La primera talla databa del siglo XV, pero en 1577 se talla una caja y peana de plata que alberga la figura original en su interior. El retablo de la capilla de Villaviciosa se encuentra hoy en el convento de Jesús crucificado.

Finalmente, 1879 supone la fecha que marca el último ciclo para este enclave. Así como se retira todo el ajuar religioso, también se elimina el frontal de pinturas del siglo XIII y la bóveda barroca que cubría el lugar, y las rejas que lo cerraban. De esta forma queda expuesta de nuevo la obra califal.

La única celebración litúrgica que permaneció hasta mitad del siglo XX, exigía la colocación del “Monumento al Jueves Santo”. Esta obra de Hernán Ruiz III, hoy se reutiliza como retablo en la parroquia del Salvador de Peñarroya-Pueblonuevo.

La relativa sencillez que presenta una planta rectangular, contrasta con la riqueza arquitectónica que sus diferentes ciclos han legado para la capilla de Villaviciosa. En consecuencia, una evidencia de tal patrimonio se aprecia en la gran diversidad de arcos que podemos encontrar en este espacio.

La intervención del siglo XV la transforma en una gran nave con arcos apuntados góticos, que combinados con el artesonado, nos da como resultado el único ejemplo en Córdoba de una techumbre de madera sobre arcos diafragma. Esta solución es muy propia del gótico catalán. Por su carácter estructural son arcos fajones, ó perpiaños por su carácter gótico, que dividen transversalmente la bóveda de cañón. Gracias a ellos, el empuje de los pesos se descarga sobre los pilares, mientras los arcos formones, califales al norte y de medio punto al sur, sustentan la estructura a la vez que la conforman como una planta basilical.

Para completar la amplia gama de arcos aquí presentes debemos recalcar los originales islámicos, lobulados y ricamente decorados con ataurique, que sustentan el lucernario de Al-hakam II. En el lado oriental dichos arcos, como consecuencia de la capilla real, acaban por ser arcos ciegos.

Por último podemos admirar los ventanales góticos que iluminan la estancia. No dejan de ser arcos apuntados, que albergan las vidrieras neogóticas, diseñadas por Mateo Inurria. Las ultimas transformaciones, terminadas ya en el siglo XX y obra de Ricardo Velázquez Bosco, trasladan aquí múltiples laudas sepulcrales, entre ellas las del obispo Alonso Manrique.

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Texto: Nacho Calero

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