EL LIDERAZGO DE ALMANZOR

Para usurpar un trono hay que tener una justificación. Si quería ser el dueño absoluto de Al-Ándalus tenía que convertirse en el señor de la guerra. La yihad o guerra santa, fue la excusa perfecta para justificar su fama.

Uno de los mandamientos del Islam es combatir al infiel. Con el “califa sabio”, Al-hakam II, los conflictos se arreglaban por la vía de la diplomacia. En cambio, si alguien quiere defender la posesión de algo que no le pertenece, las victorias en las batallas, puede ser un buen argumento. El mundo de la guerra ocupó un papel protagonista en Al-Ándalus. Los desfiles militares, o los ejércitos trayendo esclavos cuando volvían de sus batallas en el norte, eran muestra de ello.

Las antiguas filiaciones tribales de árabes y sirios, formaban el ejército. Sin embargo, no tenían buena fama como jinetes. Poco a poco se fueron llenando sus filas, de un contingente más numeroso de mercenarios eslavos, bereberes e incluso cristianos, todos atraídos por una excelente paga y un trato profesional. Continuamente llegaban del norte de África, tribus enteras de bereberes, más belicosos, que combatían fanáticamente. Su lealtad no era para el califa, ni para el Estado. Era para Almanzor, ya que era este quien les pagaba.

Se abrió una brecha social en Córdoba, donde la población los despreciaba y les tenían miedo. Empezaba un periodo de superioridad militar, que mermaba y perjudicaba gravemente el auge cultural, al que Córdoba se había acostumbrado.

Por difícil que parezca, un letrado, que nada tenía que ver con la guerra ni la milicia, se convertirá en el general más temible, un héroe, que no tenía miedo a morir. Su ímpetu, y el desarrollo de su estrategia militar, le llevaron a  emprender cincuenta y dos campañas contra los reinos cristianos, y volver victorioso de todas ellas. La leyenda se hizo alrededor de él. Llevaba un Corán que había sido escrito por él mismo, y cuentan que por la noche después de cada batalla, hacía sacudir sus vestiduras, cuidadosamente, para conservar el polvo del campo de batalla, y ser enterrado y cubierto por él cuando muriera.

El verdadero “reinado” de Almanzor durará veinte años. De las numerosísimas campañas que protagonizó, fue sin duda la más célebre, la que llevó a cabo contra Santiago de Compostela. Las armas islámicas penetraron hasta el interior de Galicia y todo el noroeste de la Península. Es en esta ocasión cuando Almanzor asesta un fuerte golpe a toda la Cristiandad.

Santiago era en aquel momento, como lo sigue siendo hoy en día, el mayor foco de peregrinación de la Edad Media, devoción de todos los cristianos europeos. De esa basílica que había sido convertida por Alfonso III el Magno, Almanzor no dejó piedra sobre piedra. Sin embargo hizo respetar el sepulcro del apóstol y al monje que quedó para guardarlo. La ciudad fue incendiada y saqueada. En una semana la ciudad emblemática de la cristiandad quedó completamente devastada. A su regreso, victorioso, llegaba a Córdoba, con cautivos, las campanas de la Iglesia de Santiago, y las hojas de las puertas de la ciudad. Las campanas se utilizaron como lámparas para la Mezquita, y las puertas como armaduras de los techos de las nuevas naves que el caudillo amplió, dejando el perímetro que aún hoy conserva el templo.

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Texto: Mar Carmona Balboa     

 

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