OMEYAS, AL HAKAM II

Nacía el trece de enero de 915, designado como heredero desde muy joven. Accede al trono con casi cincuenta años. Esto le permite prepararse y formase bien para el cargo. Su título honorífico será al-Mustansir bi-allah, “el que busca la ayuda victoriosa de Allah”. Su madurez convertirá su reinado en el más pacífico y rico de toda la dinastía de los Omeyas hispanizados. Físicamente no era el más agraciado. Su pelo era rubio rojizo, y sus ojos negros, la nariz aguileña. Además,  Al hakam II estaba dotado de un prognatismo bien visible.

Le falló la salud. En 974 sufrió un ataque de hemiplejía que durante dos meses, lo mantuvo retirado de sus obligaciones. Dos años después, acabaría con él esa misma enfermedad. Era un hombre extremadamente culto, amante de las letras y de las artes, refinado. De carácter piadoso y bondadoso, conservó la etiqueta impuesta en la Corte por su padre.

A pesar de carecer del carácter autoritario de su padre, continuó con su política. En sus quince años de gobierno, reinó la paz. Aún así tuvo que combatir con los hombres del norte, daneses, con los que la escuadra omeya mantuvo un sangriento enfrentamiento en Lisboa. El califa mantendrá a una gran avanzada en el Norte de África. Las tropas de Al-Andalus, mantuvieron a raya a Fatimíes. Éstos miraron hacia Egipto, y en 969 fundaron la ciudad de al-Qahira, es decir, El Cairo.

En cuanto a los territorios cristianos del norte, el rey Sancho I no había cumplido con el pacto hecho al primer califa. Por esta razón, Al-Hakam II, exigió el pago de dichos plazas fuertes, bajo amenaza de romper las relaciones entre Córdoba y León. Los dignatarios cristianos, conocedores del amor por las artes que presentaba el califa, pensaron que lo mantendrían alejado de batallas y peleas. Así,  ellos conspiraban unos contra otros. De estas rencillas, quedaba expulsado Ordoño IV que pedía auxilio al califa de Córdoba.

Existe un detalladísimo relato de Ibn Hayyan de este acontecimiento, la visita del monarca a la corte del califa. Antes de entrar a Córdoba, escoltado por un séquito, fue alojado en una lujosa almunia, y tratado como a un príncipe. Dos días después, llegaba a la ciudad de Medinat al-Zahra, donde no se escatimó para sorprender al monarca cristiano. Bastante bruto y tosco, el rey quedó absolutamente apabullado ante tanta riqueza y refinamiento.

El califa y el rey se entendieron a través de un traductor mozárabe, que hacía las veces de juez de los cristianos en Córdoba. Los acuerdos conllevarían a que el rey recuperara su trono, dotado con un ejército musulmán, con absoluta obediencia hacia el califa de Córdoba. Las embajadas ante Al-Hakam II se multiplicaron por todos los señores cristianos que se presentaron como vasallos, e incluso pidiéndole arbitraje ante las disputas de Galicia y Asturias. Fuera de la Península Ibérica, a nivel internacional, la  importancia del califato se reconocía desde Bizancio hasta la Casa de Sajonia.

Gracias a la paz de su reinado, el progreso se reflejó en la economía y en los avances de la agricultura. La fertilidad y las producciones se aumentaron a través de los sistemas de irrigación implantados por medio de canales. Se convirtió la tierra, y el trabajo en ella, en algo honroso, donde los grandes señores se ocupaban de cultivarla, y hasta donde teólogos o magistrados daban sus enseñanzas disfrutando del contacto con la naturaleza. El aire y la luz definían un estado próspero, limpio y culto, materializado en la parte más noble de la Mezquita de Córdoba, la ampliación de  Al hakam II.

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Texto: Mar Carmona Balboa     

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