EL BRILLO DEL CALIFATO OMEYA. ESPLENDOR DE AL-ANDALUS

“Te hiciste cargo del califato en su mejor momento, y con la piedad que das muestra embelleciste su apogeo”.

En el siglo XIII, un historiador árabe dedicaba estas palabras a Al-Hakam II. Aludía al momento en que el príncipe sucedió a su padre Abderramán III, el año 961, en el califato Omeya. Desde muy pequeño fue reconocido como el sucesor y heredero al trono. Debemos imaginar al futuro califa, no demasiado contento en una edad temprana, ya que su destino, le impedía disfrutar de algunos placeres y libertades, como hacían sus hermanos.

El príncipe debía permanecer en el Alcázar, sin compañía femenina, ya que su padre optó por no permitir que tuviera descendencia antes de que él muriera. Estos hechos incurrieron, en un escaso apetito sexual que le había privado de ser padre en el momento de subir al trono. Con cuarenta y seis años, sin descendencia, ahora sí tenía a su disposición todo el harén califal. Aproximadamente unas seis mil trescientas personas, entre concubinas, eunucos, servidores y esposas. Una de esas mujeres, de origen vascón, Subh, había recibido una educación exquisita. Ella fue quien le dio su primer hijo, Abdalrramán, a los pocos años murió. Volvió a quedar embarazada y en 965, dio a luz a Hisham, su futuro sucesor.

A menudo su padre le pedía perdón por vivir tanto. Los largos años como príncipe, le otorgaron la posibilidad de forjar su personalidad. Desde su más tierna infancia tuvo a los mejores y más brillantes maestros. “El califa Sabio”. Su reinado representa el apogeo de las letras y las ciencias. Su afán por el saber no estaba reñido con su profunda religiosidad. La función religiosa que iba inherente a su cargo de califa, como príncipe de los creyentes, fue una de sus más primordiales tareas. Se le recuerda por la apertura de tres escuelas coránicas públicas en la Mezquita, y veinticuatro más en la Medina. La huella más profunda de su sentimiento religioso, ha llegado hasta nuestros días, en la más ambiciosa ampliación de la Mezquita aljama de Córdoba.

El califa vivió siempre en su palacio, su residencia habitual era Madinat al-Zahra, la ciudad palatina que construyera su padre, como capital del califato Omeya. Separado de sus súbditos por barreras arquitectónicas y con un ceremonial, muy estricto y sofisticado. Allí se trasladaron también sus ministros y la nobleza árabe. Desde la llegada de los Omeyas a Al-Andalus  con Abd Al-Rahman I, los linajes árabes habían ocupado los cargos públicos.

Sin embargo su padre y él, habían decidido rodearse de sangre nueva, hombres de fronteras, sin linajes ilustres. Personas que ascendieran por mérito propio y que debieran su fortuna y respeto al soberano. Uno de los favoritos del califa, Yafar, era eslavo. Llegó a ostentar el cargo más importante del Estado, el de Hayib. Este controlaba la administración central y todos sus visires.  Coordinaba el ejército y la flota, dirigía la cancillería, inspeccionaba los tributos y dirigía la casa real. Poseía una mansión en Madinat al-Zahra, muy cerca del califa. Era todopoderoso, visir del califa. Al mismo tiempo Al-Hakam se rodeó de una guardia pretoriana. Apodados los mudos, ya que su origen era extranjero y no hablaban árabe.

La salud del califa, por desgracia, no dependía de su saber o de su justicia. El tres de octubre de 976 moría. Un gran hombre fue sustituido en el cargo por otro más mediocre, su hijo Hisham que apenas contaba once años.

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Texto: Mar Carmona Balboa      

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