AL-HAKAM I

Tras un periodo de paz, de tranquilidad y control, existen momentos en que los acontecimientos van desencadenando en episodios turbulentos. El reinado de Al-Hakam I estuvo caracterizado por este tipo de hechos. Su padre Hisham moría muy joven, con a penas cuarenta años. Como ocurriera con él, eligió a su segundo hijo como sucesor, este contaba veintiséis años, por lo que su reinado se esperaba largo.

Nada más ser nombrado emir, tuvo que resolver una revuelta para que no le arrebataran el trono. No contra sus hermanos, sino contra sus tíos. Ellos habían estado en su exilio en el Norte de África, mientras vivía Hisham I, pero al morir este, lo interpretaron como una oportunidad para recuperar algo que no habían tenido nunca, pero que habían deseado siempre. En la ambición no hay sitio para el entendimiento, por eso vinieron por separado y con aspiraciones rivales. Buscaron aliados en las Marcas. Rebeldes y enemigos del régimen, y llegaron hasta Carlomagno. El destino intervino dejando a cada uno un lugar acorde. Sulayman muere decapitado, paseada su noble cabeza para luego ser enterrado como un Omeya, con honores. Abd Allah, en cambio, conservó la vida, y una renta de mil dinares. Él sólo tuvo que pedir perdón, y permanecer de por vida en Valencia.

De todo el territorio dominado, existen siempre lugares más propensos a las insurrecciones. Son sin duda los límites de los territorios los más proclives. En Al-Andalus, estos territorios se llamaban las Marcas, eran tres; Zaragoza, Toledo y Mérida. En todas hubo revueltas.

En la más al norte Zaragoza, una familia, logrará crear una especie de principado, como un feudo heredado, los Banu Qasi. Al-Hakam I, tendrá que debatirse como actuar, descartará la violencia y elegirá la prudencia. También Toledo, supondrá un constante motivo de preocupación. Era una ciudad casi totalmente formada por muladíes, cristianos conversos, susceptibles y siempre en desacuerdo con el poder central. Tampoco la marca inferior se mantenía en paz. En Mérida, las  rebeliones, venían indistintamente de muladíes, bereberes o mozárabes. Como un patio de colegio en el descanso de clase, el ruido y la confusión azotaban el emirato.

Pero es sin duda, el momento más difícil y definitivo, al que se tuvo que enfrentar el tercer emir, el que sucedió y desencadenó en los acontecimientos del Arrabal de Saqunda en Córdoba. Este arrabal o barrio, se encontraba en la orilla izquierda del río Guadalquivir, frente al puente de origen romano y reconstruido por su padre. Poco a poco se fue poblando y volviéndose bullicios. Formado por comerciantes y artesanos, se fue llenando también, de funcionarios.

Al estar tan próximo a la Mezquita y al Alcázar, se configuró como un barrio bastante poblado en muy poco tiempo. A la vez que el arrabal crecía, el temperamento del emir empeoraba, impulsivo y dado a la violencia, imponía penas desproporcionadas y era demasiado radical. En este barrio eran frecuentes las reuniones, donde ciudadanos exponían su descontento, dándole fama de subversivo. Una cadena de agravios por parte de la guardia emiral y distintos personajes del arrabal, desencadenó en un motín masivo. La intención era llegar hasta dentro del Alcázar. Las patrullas casi no podían contener a la multitud. Fueron los grandes generales los que consiguieron salvar la situación. El castigo fue el éxodo. La mayoría llegaron a Marruecos y a Fez, donde aún hoy existe una comunidad de musulmanes cordobeses. El barrio fue totalmente destruido. No se volvió a edificar en él hasta época reciente.

Al-Hakam I fue un hombre descrito como cruel y déspota. Vivió un momento convulso, estuvo siempre obsesionado con conjuras y se sintió siempre en peligro de ser asesinado. Quince días antes de morir, en mayo de 822 designaba como sucesor a su primogénito Abd al-Rahman, sería este el segundo con ese nombre, y como el primero sería recordado con admiración.

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Texto: Mar Carmona. Amedina Córdoba

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