OMEYAS. ABD AL-RAHMAN AL-NASIR EL PRIMER CALIFA

Quizá sea cierto que un nombre puede augurar un destino. Quizá sea cierto que el número tres cierre un círculo en el tiempo. A principios del 929, en Córdoba, se tomaba una de las decisiones más importantes de su historia. Abd Al-Rahman III se proclamaba califa y príncipe de los creyentes. Añade a su nombre un título al-Nasir li-din Allah “el que combate victorioso por la religión de Allah”.

Para él estaba claro, ni los califas abasíes y mucho menos los cismáticos de Ifriqiya, tenían legítimo el califato. Por lo tanto, era él quien representaba el traslado del califato de Damasco a Córdoba. Igualmente, era su linaje el legítimo sucesor  del Profeta. El califa era el Imán o jefe supremo de la comunidad, también era el comandante supremo del ejército y su título era Príncipe de los Creyentes. Se convertía así Al-Andalus en el nuevo califato de los Omeyas y Córdoba en su capital. El viernes 16 de enero, en la Mezquita aljama de Córdoba, en la oración comunitaria, se aplicaba por primera vez todos los nuevos títulos del califa, quedando los fieles enterados de tan importante hecho. Todo en torno a la corte se hizo más distante, más ceremonial. Se abría una distancia entre Abd Al-Rahman y sus súbditos.

Que hubiera sido de Córdoba sin los Omeyas?. Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos, es que ha sido de ella con su llegada. En el siglo X no había una ciudad en Europa como Córdoba. La gran crisis del siglo III durante el Imperio Romano y luego la llegada de los Bárbaros, habían acabado con el esplendor de modelo urbano. Aquellas ricas, prósperas, fructíferas ciudades se abandonaron. Las poblaciones se habían ruralizado. Roma no superaba los treinta mil habitantes y París peor todavía, era una minúscula y modesta villa.

Córdoba era la capital más poblada de Occidente. Su densidad demográfica no dañaba su belleza. Bañada por su “rio grande” el Guadalquivir, rodeada de arboledas. El viajero que la visitaba, no podía dejar de admirar la grandeza que poseía. A las afueras, eran numerosos los Palacios y Almunias que se encontraban en los caminos que llegaban hasta ella. Ya anunciaban estas construcciones la riqueza que esperaba en el interior de sus murallas.

Arrabales, así llamados los barrios, con espléndidas mezquitas. La música de los almuédanos, que desde los alminares llamaban a la oración en un ritmo casi hipnotizante. El jaleo de sus zocos o mercados, donde distintos oficios o actividades ocupaban cada uno su espacio. La alcaicería, con todo tipo de artículos de lujo, llegados de todos los rincones posibles de llegar. Alhóndigas o posadas para acoger a la cantidad de viajeros que hasta aquí llegaban. Baños en número infinito y en calidades exquisitas. Jardines suntuosos.

La Medina se levantó sobre el centro de la antigua ciudad romana, rodeada por un muro de unos cuatro quilómetros y dotada de seis puertas. Era la parte central del aparato político-administrativo de Al-Andalus. En el centro de ella, la gran obra edilicia de los Omeyas, la Mezquita aljama. Abd Al-Rahman y su hijo Al-Hakam convertirían esta ciudad en la luz de Occidente. Era la cuna del saber, de la cultura y de la ciencia.

A pesar de este esplendor, a pesar de poseer esta joya arquitectónica y ser la ciudad más bella, Abd Al-Rahman  III quiso construir una ciudad nueva. Madinat al-Zahra. A unos cinco quilómetros. En una descripción anónima, se dice, que fue de las obras más importantes y grandiosas que levantó el hombre y una de las más prodigiosas construidas por el Islam.

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Texto: Mar Carmona Balboa. Amedina Cordoba               

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