Abd al Rahman I. El príncipe emigrado

EMIRATO INDEPENDIENTE DE BAGDAD

A la llegada de Abd al Rahman I, Al-Andalus era la tierra de los vándalos. En ella existía una amplia diversidad racial y cultural  en el siglo VIII. Los árabes eran la casta dominante, pero estos estaban divididos. Antiguas rivalidades tribales, entre yemeníes y qaysíes, trasmiten un odio que ya venía de Oriente a la nueva provincia de Occidente.

Por otro lado, existía una diferencia social, entre lo árabes sirios y los bereberes, tribus sedentarias, de origen norte africano. Estos eran el contingente más numeroso, llegados en la primera oleada de invasiones. Se dedicaban al cultivo y al pastoreo y habían quedado relegados, en las zonas de las marcas, los límites del territorio islámico en la Península Ibérica.

El tercer grupo serían los muladíes, Cristianos conversos que vieron en la nueva religión una oportunidad para escalar en la pirámide social. Todos eran musulmanes, pero no todos eran árabes. A esta mezcla se deben añadir dos grupos más de distinta religión. Las otras dos culturas del libro.

Los cristianos que no habían renunciado a su fe y que fueron llamados mozárabes. Éstos hablaban romance, pero aprendieron el árabe y adoptaron hábitos de la cultura colonizadora. Por último, no por ello menos importante, los judíos, una porción de la población que fue crucial en el proceso de conquista islámica, ya que fueron fieles colaboradores del nuevo régimen. Todo esto hace de Al-Andalus un imperio musulmán pero no árabe, que conquistaba pero no islamizaba.

Abd al-Rahman I era un hombre alto, rubio, de ojos azules, aunque tuerto. Era un hombre seguro de si mismo, que había conseguido el respaldo de los clientes omeyas y la fracción de los Yemeníes. Era Al-Andalus un emirato dependiente del califato abbasí.

El título de Emir, era utilizado por los gobernadores que habían sido nombrados por el califa. Este título le otorgaba poder político y administrativo, pero no religioso; es decir, por encima de un emir hay un califa, por encima de un califa sólo está Allá.

Yusuf era el gobernador de esa España musulmana, el cual le hizo saber, que era bien recibido siempre que no tuviera pretensiones. Como no tenerlas cuando te pertenecen por derecho? De hecho, y las hizo efectivas. Años viviendo escondido, buscado por sus sicarios, ahora galopaba a la cabeza de un ejército.

El quince de mayo de 756, desde la rivera del río Guadalquivir, entre adelfas y cañaverales, ve Córdoba. Llevaba un turbante blanco, lo desenrolló, ese sería su estandarte y esa la ciudad en la que escribir su historia, la de los Omeyas. Por primera vez dentro del imperio islámico, se creaba una entidad independiente. Los Abbasíes habían cambiado la capital del califato de su amada Damasco a su odiada Bagdad. Él le daba la espalda a Oriente. Se convertía en el primero emir independiente de Bagdad.

Para consolidar la independencia primero tenía que consolidar Al-Andalus. Creó un ejército profesional, compuesto mayormente por eslavos. Aplicó una política de unión en la amalgama de razas y culturas andalusíes. Tuvo que hacer frente a levantamientos y conspiraciones. Combatió contra los cristianos del norte, con los conspiradores venidos de Bagdad, o contra los ejércitos del mismísimo Carlomagno. El recelo, y a veces la crueldad, mantuvieron su poder durante treinta y dos años. La guerra y la poesía le mantuvieron ocupado en igual medida.

A la afueras de Córdoba construye un palacio, como un niño huérfano, busca una madre parecida. Le pone el mismo nombre de la Almunia donde creció, al-Rusafa. En las noches de verano, en sus últimos años, supo que aún le quedaba algo, una deuda. Quiero comprar la parte del templo de los cristianos. Quiero repetir el ritual de mis antepasados. Sobre el antiguo templo de San Juan Bautista en Damasco, construyeron la Mezquita. Yo construiré una sin igual.

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Texto: Mar Carmona Balboa

Amedina Córdoba     

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